Armados apenas con guantes, guardaparques y voluntarios combaten al monstruo creado por el ser humano: toneladas de plástico degradado que las corrientes marinas empujan hasta el estómago de la fauna de las islas Galápagos, el paraíso ecuatoriano que inspiró la teoría de la evolución.
A mil kilómetros del continente se libra una guerra desigual pero decisiva para la conservación de un ecosistema único en el mundo. Unas cuantas manos para recoger cantidades y cantidades de material sólido.
Los desechos que se arrojan en las grandes ciudades llegan a Galápagos transformados en microplástico, quizá una de las mayores amenazas para las iguanas, tortugas, aves y peces que solo existen en el archipiélago.
El microplástico "llega a formar parte de especies (de la cadena alimenticia) de las que posiblemente nosotros nos estemos alimentando a futuro", explica la bióloga Jennifer Suárez, experta en ecosistemas marinos del Parque Nacional Galápagos (PNG).
La radiación solar y la salinidad del mar degradan botellas, bolsas, tapas, envases, redes de pesca. A simple vista, este material se torna duro como piedra, pero al contacto con rocas o por la fuerza del agua se astilla en micropartículas que ingieren los animales.
Cada año, soportando el intenso sol, grupos de expedicionarios llegan en botes a playas y zonas rocosas para constatar el daño causado por la actividad humana. La basura plástica se mece, acumulada, frente a las costas e incluso se filtra entre las grietas de la lava petrificada de Galápagos.
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