En la antesala del gerente general de TAME, en un edificio de oficinas en el centro norte de Quito, hay varias maquetas de las aeronaves que formaron la flota de la aerolínea estatal. Sobre la mesa de centro, un Boeing 727-200 se yergue con sus amplias alas, su largo fuselaje y sus tres motores. En las vitrinas, se ven otros modelos de avión que operaron años atrás.
Pero sobre la mesa de reuniones del gerente, Luis Miguel Reyes, ex ejecutivo de aerolíneas privadas como Copa, aparece una maqueta de un avión ATR 42, una aeronave de turbohélice, mucho más pequeña que el 727, que es actualmente la columna vertebral de la flota. La decoración no parece casual: es el nuevo signo de los tiempos en la aerolínea, cuyas pérdidas millonarias continúan y que se haya empeñada en un plan de modernización que le permita subsistir frente a la competencia en el mercado aeronáutico nacional.
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