Monstruosos cruceros que pasan a pocos metros de la plaza de San Marcos, causando conmoción en el frágil ecosistema de la laguna que rodea a Venecia.
Pobladores que son expulsados de antes apacible la isla española de Palma de Mallorca o de Ámsterdam por los altos precios de los alquileres, como resultado del auge del turismo de masas y del uso de las viviendas para rentar bajo modelos como el de la plataforma Airbnb.
Protestas de residentes en Barcelona, la ciudad que ya no aguanta a un solo turista más en verano y que tuvo que empezar a limitar la entrada a su icónico parque Guell para evitar que las masas lo destrocen.
El mundo convertido en un parque de diversiones, donde los turistas se paran indiscriminadamente, por miles, sobre los arrecifes en Tailandia o sobre las antiguas piedras en Machu Picchu, causando daños irreparables.
¿Estará Ecuador condenado al mismo destino? ¿Llegará el día en que contemplemos al centro de Quito abarrotado de turistas en pantalón corto y chanclas? ¿Habrá fila para subir al Cotopaxi?
Para Roque Sevilla, empresario del turismo, ambientalista y ex alcalde de Quito, ese escenario de pesadilla puede ocurrir si Ecuador no se prepara para afrontar la masificación del turismo, un fenómeno que está plena expansión.
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