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Factor de intensidad petrolera: el costo invisible de producir en Ecuador
El petróleo no es solamente una fuente de ingresos para el fisco. Es un insumo transversal que determina cuánto cuesta producir, transportar, exportar y competir
Ecuador necesita mirar el petróleo no solo como renta fiscal, sino como plataforma de competitividad / Foto: cortesía
Viendo el reportaje de Lenin Artieda en Ecuavisa, transmitido el 12 de junio, queda claro que Ecuador enfrenta un problema más profundo que una simple variación de precios: producir en el país se está volviendo estructuralmente más caro. El dato del Índice Nacional de Precios al Productor revela que los costos de producción aumentaron 11,2 % en un año, con impactos particularmente fuertes en energía, combustibles y producción destinada a la exportación. Ese reportaje permite abrir una discusión que Ecuador ha postergado demasiado: la relación entre petróleo, energía, costos productivos y competitividad.
Por años, el país ha discutido el petróleo casi exclusivamente desde una lógica fiscal. Se habla de cuánto produce Petroecuador, cuánto recauda el Estado, cuánto cuestan los subsidios o cuánto impacta el precio internacional del crudo en el presupuesto público. Pero esa visión es incompleta. El petróleo no es solamente una fuente de ingresos para el fisco. Es un insumo transversal que determina cuánto cuesta producir, transportar, exportar y competir.
A esto podríamos llamarlo el factor de intensidad petrolera. En términos económicos, la intensidad petrolera mide cuánto petróleo, derivados o energía fósil necesita una economía para producir una unidad de valor. Dicho de forma sencilla: cuánto diésel, gasolina, fuel oil, lubricantes, electricidad térmica, fertilizantes, transporte y logística energética se requieren para generar un dólar de producción o un dólar de exportación.
Mientras más eficiente sea esa relación, más competitiva será una economía. Mientras más ineficiente sea, más caro será producir. Y en una economía dolarizada como la ecuatoriana, donde no existe política monetaria propia ni capacidad de devaluar la moneda para recuperar competitividad, el costo de la energía se convierte en una variable macroeconómica central.
Por eso el dato revelado por Ecuavisa no debe leerse como una estadística aislada. Si producir cuesta 11,2 % más que hace un año, la pregunta de fondo no es solo qué subió, sino por qué Ecuador permite que la energía y los combustibles se conviertan en un sobrecosto estructural para el aparato productivo.
El caso de las exportaciones es especialmente delicado. Se celebra, con razón, que Ecuador exporte más frutas, banano, flores, camarón, cacao u otros productos agrícolas. Pero muchas veces se omite una parte esencial del análisis: exportar más volumen no siempre significa competir mejor si los costos de producir y transportar esos bienes crecen más rápido que los ingresos.
Una fruta ecuatoriana no llega sola al puerto. Antes de ser exportada, requiere fertilizantes, muchos vinculados a cadenas energéticas globales; maquinaria agrícola; sistemas de riego; electricidad; empaques; refrigeración; transporte interno; camiones que consumen diésel; almacenamiento; logística portuaria y contenedores. Si cada uno de esos eslabones se encarece por energía, combustibles o ineficiencia logística, el exportador puede vender más, pero con menor margen y capacidad de competir frente a Perú, Colombia, Chile o Centroamérica.
Ahí aparece la importancia real del petróleo. No se trata de defender el petróleo por nostalgia ni por ideología. Se trata de entender que, en Ecuador, la producción petrolera, la refinación y el abastecimiento eficiente de derivados forman parte de la estructura de costos de toda la economía.
El factor de intensidad petrolera tiene tres dimensiones. La primera es la producción de crudo. Si Ecuador produce menos petróleo, pierde ingresos fiscales, reduce divisas y debilita su capacidad de amortiguar choques externos. Producir más, con estándares ambientales, tecnología, seguridad jurídica e inversión privada, no es una contradicción con la adición energética; al contrario, es una condición para financiarla de manera ordenada. Es una condición para financiarla de manera ordenada y evitar que el país dependa cada vez más de derivados importados o energía cara.
La segunda dimensión es la refinación. Ecuador ha vivido durante décadas una paradoja económica: es productor de petróleo, pero importa una parte importante de los combustibles que necesita. Esa brecha es costosa. Tener crudo, pero no refinar eficientemente, significa vender materia prima e importar valor agregado. Cuando los derivados suben en el mercado internacional, sube el costo de transportar alimentos, mover mercancías, operar maquinaria, producir bienes y exportar.
Por eso, la eficiencia petrolera no consiste únicamente en extraer más barriles. Consiste en transformar mejor esos barriles, reducir pérdidas, modernizar refinerías, optimizar compras externas, mejorar infraestructura logística y garantizar combustibles de calidad al menor costo posible.
La tercera dimensión es la productividad energética. El objetivo no debe ser que Ecuador consuma más petróleo para producir más, sino que produzca más valor con menor costo energético por unidad producida. Esa es la diferencia entre una economía petrolera atrasada y una economía energéticamente inteligente. La verdadera competitividad no está en quemar más combustible, sino en usar mejor la energía disponible.
Esto implica conectar petróleo, electricidad, transporte, agroindustria, minería, manufactura y exportaciones en una sola política productiva. No se puede hablar de atracción de inversiones si producir en Ecuador cuesta cada vez más. No se puede hablar de diversificación exportadora si los combustibles, la energía y la logística reducen los márgenes del productor. Y no se puede hablar seriamente de transición energética si primero no se ordena la base energética que sostiene la economía actual.
La inflación de costos no nace únicamente en los mercados internacionales. También nace en la ineficiencia interna: campos petroleros con baja productividad, refinerías obsoletas, importación cara de derivados, mala planificación energética, infraestructura insuficiente y reglas de precios desconectadas de la geopolítica energética global.
El reportaje de Ecuavisa puso sobre la mesa una señal que debe ser tomada con seriedad: el costo de producir en Ecuador ya está afectando la competitividad. Y si la producción destinada a exportación se encarece de manera desproporcionada, el país corre el riesgo de exportar más, pero ganar menos.
Ecuador necesita mirar el petróleo no solo como renta fiscal, sino como plataforma de competitividad. Producir petróleo de forma eficiente, refinar mejor, reducir costos logísticos y mejorar la productividad energética puede ayudar a bajar el costo de producir y proteger al exportador.
El futuro energético no se construye negando el petróleo, sino administrándolo con inteligencia mientras se financia una transición ordenada. En Ecuador, el petróleo bien gestionado no es el pasado. Es una herramienta para reducir costos, sostener empleo, fortalecer exportaciones y ganar tiempo para construir una economía más competitiva.
La pregunta estratégica no es si Ecuador debe depender eternamente del petróleo. La pregunta correcta es cuánto le está costando al país producir, transportar y exportar por no gestionar eficientemente su intensidad petrolera.
Porque en una economía dolarizada, la energía no es un insumo más. Es el costo invisible que define si Ecuador compite o queda fuera del mercado.
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