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Petróleo y naturaleza, el binomio logrado en la Amazonía que vive momento crucial

12/12/2022 EFE

Con una superficie de 139.000 hectáreas, que representan el 13,5 % del Yasuní, las instalaciones petroleras abarcan 378 hectáreas.

Con una superficie de 139.000 hectáreas, que representan el 13,5 % del Yasuní, las instalaciones petroleras abarcan 378 hectáreas / Foto:  EFE

Con una superficie de 139.000 hectáreas, que representan el 13,5 % del Yasuní, las instalaciones petroleras abarcan 378 hectáreas / Foto: EFE

El Parque Nacional Yasuní, una joya mundial de la biodiversidad, situada en la Amazonía de Ecuador, da la bienvenida con su salvaje esplendor al entrar en los bloques petroleros 16 y 67, donde el sensible entorno natural prevalece exuberante tras casi 30 años de extracción de crudo, a expensas del momento crucial en el que se decide el futuro de los dos campos.

Por casi tres décadas, desde 1994, el complicado y extraño binomio entre petróleo y naturaleza, dos elementos aparentemente irreconciliables, ha dado muestras de ser compatible en estos yacimientos ubicados al margen derecho del río Napo, sin acabar en grandes desastres ambientales como los ocurridos en otras zonas de la selva ecuatoriana.

Es el resultado de reducir al máximo huella ambiental, extremar la prevención de accidentes, utilizar tecnología de última generación y cumplir con estándares internacionales, que han marcado "un antes y un después en la industria petrolera de Ecuador", según afirma a EFE Carlos Salvador, gerente de Seguridad y Medio Ambiente de Petrolia, la actual operadora de los bloques.

Son unos 15.000 barriles de crudo que cada día salen actualmente del subsuelo de estos campos, cuya superficie es uno de los puntos de mayor concentración de biodiversidad del planeta, pues el Yasuní alberga más de 2.000 especies de árboles y arbustos, 204 de mamíferos, 610 de aves, 121 de reptiles, 150 de anfibios y más de 250 de peces.

Algunas están en la Lista Roja de Ecuador y pueden observarse dentro de los campos, lo que para la compañía es señal del buen estado del ecosistema. Además, cada cinco años se han hecho estudios científicos por parte de instituciones como el Instituto Smithsonian de Washington que señalan una fauna y flora sin alteraciones, según Salvador.

Área libre de invasiones 

Uno de los motivos es la nula presencia de colonos en la zona, sólo habitada por ocho comunidades de indígenas waorani y tres de indígenas kichwa, quienes no se han visto invadidas por personas foráneas, como sucede en otras zonas de la Amazonía tras la irrupción de la actividad petrolera.

Para Salvador, son "legítimas las preocupaciones de algunas personas externas a la compañía sobre la posible presencia de pasivos ambientales luego de una operación de varias décadas, pero la empresa ha manejado de manera muy responsable el aspecto ambiental".

"Lo dicen los auditores externos acreditados ante el Ministerio de Ambiente", enfatiza, al hacer referencia a las últimas auditorías, que de 2016 a la fecha han señalado "no existen pasivos ambientales ni reales ni potenciales".

Esto no quiere decir que no haya habido derrames indeseados, la mayoría de pequeñas cantidades excepto uno en 2008 de 500 barriles de crudo, pero "no hay ningún caso que no se haya comunicado con transparencia al Ministerio de Ambiente y que no haya sido debidamente gestionado" y remediado, sostiene Salvador.

Agua reinyectada y cero antorchas de gas 

Con una superficie de 139.000 hectáreas, que representan el 13,5 % del Yasuní, el área natural protegida más grande del Ecuador continental, las instalaciones petroleras abarcan 378 hectáreas, lo que equivale al 0,27 % de la extensión de los bloques.

Esto gracias a la innovadora aplicación en Ecuador de tecnologías como la perforación en racimo, que permite perforar decenas de pozos en distintas direcciones desde una misma plataforma, sin necesidad de tener múltiples plataformas en la selva por cada pozo perforado.

De los 108 pozos operativos sale una mezcla de agua salada (97 %), petróleo y gas que, una vez separados, el agua vuelve a ser reinyectarse en el subsuelo, de modo que no contamine ríos y fuentes de agua dulce.

Con el gas, al contrario de lo que ocurre en muchos yacimientos de la Amazonía de Ecuador, donde es quemado en numerosas antorchas, comúnmente conocidas como "mecheros", que causan grandes emisiones de gases de efecto invernadero, aquí es aprovechado para abastecer la demanda eléctrica de las instalaciones.

Cada día se obtienen 4 millones de pies cúbicos de gas que producen 13 megavatios, y una pequeña refinería procesa unos mil barriles diarios para obtener el diésel que también se emplea en las instalaciones. "Esto hace muy eficiente la operación", dice a EFE el gerente del Activo de Petrolia, Freddy Espinoza.

Equilibrio que "puede estar en riesgo" 

Sin embargo, a esta sensible ecuación entre naturaleza y petróleo se le presenta una incógnita a final de año, cuando Petrolia cese sus operaciones, al culminar los contratos de servicios con el Estado, sin que hasta ahora el Gobierno haya aceptado su petición de negociar una extensión bajo la modalidad de contratos de participación.

Esto deja en el aire la continuidad de Petrolia, filial de la canadiense New Stratus Energy (NSE), que en 2021 adquirió las acciones de la española Repsol en los bloques 16 y 67 con la expectativa de ampliar los contratos, por lo que ha anunciado su intención de acudir a un arbitraje internacional ante la decisión del Ejecutivo.

"Me preocupa que todo este trabajo, hecho con tanta seriedad y rigor, pueda estar en riesgo", reconoce Salvador, quien teme que no se continúe la labor realizada desde 1994, ante la posibilidad cada vez más cercana de que el Estado asuma los campos y pasen temporalmente a manos de la estatal Petroecuador.

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